LUZ A MIS SENTIRES

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viernes, 29 de abril de 2016

EL LENGUAJE DE LA MIRADA



Llegué a casa  y sin pretenderlo observé cada rostro de aquellos que me saludaron y vi algo que me hizo preguntarme algunas interrogantes, era lógico, todos  al mirarles a los ojos tenían una expresión diferente en los ojos y es lógico, comprendí entonces el porqué mi interés en las miradas, y así comencé hacer diversas reflexiones, dialogué conmigo mismo y comencé a plasmarlas, que cada una de ella expresaba un sentimiento y me tomé el atrevimiento de clasificarlas, porque no se ha de negar que ellas hablan.

Detenerse, ir despacio, contemplar y saborear la belleza de lo que te rodea sólo es posible cuando te paras a mirar la realidad desde el alma. Podríamos decir que un contemplativo lo es porque del acto físico de ver con la retina pasa a mirar con los ojos del alma. La calidad de lo que ve crece en riqueza de matices cuando pasa por el cedazo del alma. Lo físico no agota la realidad: aquello que vemos entra en diálogo interior con nosotros mismos.

Para contemplar no podemos ir aprisa. Cuando vamos en coche, en tren o en avión, la velocidad no permite que nuestro cerebro retenga tantas imágenes. Nos es imposible recrearnos con el paisaje que vemos por la ventanilla. Pero cuando caminamos vamos al ritmo de la naturaleza. Caminamos con ella y por ella sentimos emociones intensas porque vamos saboreando, cachito a cachito, la belleza que nos sale al camino.

Caminar es un ritmo humano que nos permite contemplar. Caminar nos invita a dialogar con el entorno, en complicidad con la persona que nos acompaña. La naturaleza exultante nos llama porque formamos parte de ella. De ahí nuestra necesidad sicológica y espiritual de contactar con el entorno natural. Además, el hombre es un animal estético y todo aquello que le produce bienestar, emoción y alegría no le es indiferente. Buscar la belleza es algo intrínseco al ser humano y una de las manifestaciones más profundas de esta búsqueda es la mirada contemplativa.

El alma florece y se ensancha en situaciones de plenitud, cuando sentimos que en lo más hondo de nuestra vida hay belleza y vale la pena detenerse a saborearla. Así podremos digerir todo lo que acontece en nuestro devenir y asimilarlo.

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