Llegué a
casa y sin pretenderlo observé cada
rostro de aquellos que me saludaron y vi algo que me hizo preguntarme algunas interrogantes,
era lógico, todos al mirarles a los ojos
tenían una expresión diferente en los ojos y es lógico, comprendí entonces el
porqué mi interés en las miradas, y así comencé hacer diversas reflexiones,
dialogué conmigo mismo y comencé a plasmarlas, que cada una de ella expresaba
un sentimiento y me tomé el atrevimiento de clasificarlas, porque no se ha de
negar que ellas hablan.
Detenerse,
ir despacio, contemplar y saborear la belleza de lo que te rodea sólo es
posible cuando te paras a mirar la realidad desde el alma. Podríamos decir que
un contemplativo lo es porque del acto físico de ver con la retina pasa a mirar
con los ojos del alma. La calidad de lo que ve crece en riqueza de matices
cuando pasa por el cedazo del alma. Lo físico no agota la realidad: aquello que
vemos entra en diálogo interior con nosotros mismos.
Para
contemplar no podemos ir aprisa. Cuando vamos en coche, en tren o en avión, la
velocidad no permite que nuestro cerebro retenga tantas imágenes. Nos es
imposible recrearnos con el paisaje que vemos por la ventanilla. Pero cuando
caminamos vamos al ritmo de la naturaleza. Caminamos con ella y por ella
sentimos emociones intensas porque vamos saboreando, cachito a cachito, la
belleza que nos sale al camino.
Caminar es
un ritmo humano que nos permite contemplar. Caminar nos invita a dialogar con
el entorno, en complicidad con la persona que nos acompaña. La naturaleza
exultante nos llama porque formamos parte de ella. De ahí nuestra necesidad
sicológica y espiritual de contactar con el entorno natural. Además, el hombre
es un animal estético y todo aquello que le produce bienestar, emoción y
alegría no le es indiferente. Buscar la belleza es algo intrínseco al ser
humano y una de las manifestaciones más profundas de esta búsqueda es la mirada
contemplativa.
El alma
florece y se ensancha en situaciones de plenitud, cuando sentimos que en lo más
hondo de nuestra vida hay belleza y vale la pena detenerse a saborearla. Así
podremos digerir todo lo que acontece en nuestro devenir y asimilarlo.

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